Por Catalina Frigerio Dattwyler
Directora de Incidencia y Políticas Públicas en Wikimedia Chile
Durante mucho tiempo, el gran problema de la información fue acceder a ella. La información podía existir, pero seguía estando lejos: guardada en un archivo, en una biblioteca difícil de consultar, detrás de una barrera económica o simplemente fuera del alcance de buena parte de la población. Muchas de las luchas por el acceso al conocimiento durante las últimas décadas tuvieron como objetivo abrir
Abrir datos, abrir archivos, transparentar al Estado, digitalizar bibliotecas, hacer circular el
conocimiento. Hoy ese desafío sigue vigente, pero tenemos uno adicional.
Si bien la llegada de Internet resolvió parte del problema del acceso, la plataformización nos
enfrentó al de la abundancia y la mediación. Hoy tenemos mucha información dirigida a nosotros disponible pero eso no nos hace estar más ni mejor informados. Algo que que el filósofo surcoreano Byung Chul Han ha denominado la era de la “Infocracia”.
Este cambio hizo girar la discusión desde el acceso a la integridad, en el entendido de que tener la posibilidad de conocer más no asegura que aquello que recibamos provenga de fuentes de conocimiento confiables, verificables o diversas, una condición base para que nuestras decisiones puedan tomarse desde un lugar realmente autónomo y libre.
Buena parte de lo que vemos pasa por plataformas cuyos algoritmos ordenan contenidos que
nos llaman la atención de acuerdo a nuestras interacciones. Detrás de la priorización, categorización y jerarquización que efectúan los algoritmos existe un mercado publicitario que tiene incentivos para mostrar contenido que aumente la atención, como el miedo, la indignación, la sorpresa, el conflicto, lo escandaloso y aquello que confirma lo que ya creemos.
La llegada de la inteligencia artificial generativa agregó otra capa de intermediarios a este desafío, pues ya no solo accedemos a muchísima información, sino que recibimos respuestas sumamente personalizadas y específicas previamente seleccionadas, resumidas y reformuladas por sistemas. Por eso la pregunta ya no es solo ¿puedo acceder a la información?, sino también: ¿por qué estoy viendo esto?, ¿de dónde proviene?, ¿qué quedó fuera?, ¿puedo verificarlo?
El caso de Fernando Cerimedo y el uso de bots muestra con bastante claridad por qué este
cambio de foco importa. En entornos digitales, la apariencia de una conversación espontánea
puede ser producida o amplificada artificialmente, haciendo más difícil distinguir entre una
reacción social genuina y una dinámica coordinada.
El problema no está solo en el contenido que circula, sino también en las condiciones en que ese contenido adquiere visibilidad, parece relevante o transmite una sensación de consenso. Esto influye en cómo formamos nuestras opiniones, en quién confiamos y en qué problemas consideramos relevantes. Además de ser el contenido que circula por diferentes medios, hoy la información también es parte de la infraestructura que sostiene la democracia.
Cuidar la integridad de esa infraestructura requiere medios independientes y plurales, acceso
a información pública, transparencia de las plataformas, alfabetización mediática, investigación y mejores condiciones para verificar el origen de lo que consumimos.
En el Día Internacional del Acceso Universal a la Información, es urgente reubicar el foco y
entender que acceder sigue siendo indispensable, pero ya no es suficiente. En una era de
abundancia informativa, algoritmos e inteligencia artificial, también necesitamos cuidar cómo
se produce, cómo se distribuye, cómo se jerarquiza y cómo podemos verificar la información
que consumimos para tomar decisiones en el día a día.
Imagen: Ka23 13, CC BY 4.0 vía Wikimedia Commons
Sobre la autora:

Catalina Frigerio Dattwyler
Directora de Incidencia y Políticas Públicas en Wikimedia Chile
Abogada (UCH) especializada en tecnología, privacidad y regulación. Tiene un magíster en Análisis Económico del Derecho (Erasmus Mundus Programme) y un MPA en Tecnología Digital y Política (UCL), además de un diplomado en Propiedad Intelectual (PUC). Posee experiencia asesorando en temáticas de datos personales y propiedad intelectual y en proyectos de investigación relacionados con políticas públicas.
